Vivimos acojonados. Tenemos miedo al rechazo, al fracaso, al que dirán, a la soledad, a los problemas. Tenemos miedo a la vida y así nos va. Hemos llegado a un punto en el que preferimos quedarnos quietos toda la vida a que el camino que escojamos sea el erróneo. Es absurdo. Preferir morir estancado en el mismo atolladero a tratar de sacar la cabeza aunque sea excavando hacía abajo.
Me pongo la primera en la lista de cobardes porque
suelo perder todo por la boca. Mi cuerpo se muere de ganas de actuar y de dejar
de sentarse a ver cómo pasa la vida por delante. Pero nada que en el último
momento me rindo. Podemos disfrazarlo de sensatez pero para mí es cobardía.
Puede que sea que el ser humano es cobarde por
naturaleza quien sabe, pero lo que sí veo a mi alrededor es un montón de cosas
que se estropean, oportunidades perdidas y tiempo malgastado solo porque somos
incapaces de armarnos de valor y tomar las riendas de nuestra vida. Mi cobardía
patológica me ha llevado a perder proyectos laborales, romper mis propios
sueños, perder parejas y amigos.
Pero no soy la única. Mi alrededor se compone de
acojonados de libro que consideran más fácil seguir culpando a la vida de sus
problemas o dejar pasar el tiempo a ver si se solucionan por ciencia infusa en
vez de actuar.
El miedo es el peor enemigo que tenemos y nos gana
la batalla en innumerables ocasiones. Es mis propias carnes he sufrido ese
temblor de piernas y dolor de estómago, esa pérdida momentánea de la razón en
el que lo único que nos ronda la cabeza son los millones de cosas que pueden
salir mal y que por supuesto tú sabes que van a salir mal. Pero verdad queridas
veinteañeras que una vez superado ese momento las cosas no han ido como nos pensábamos.
Para mi trabajo necesito superar casi a diario el
miedo al ridículo y armarme de valor para realizar las cosas y podríamos decir
que en ese ámbito lo tengo bastante superado aunque aún hay cosas que me
paralizan y para las que necesito un empujón de quien esté cerca. Pero mi
principal problema, cómo no, son las relaciones. Ahí el miedo me domina y mis
inseguridades me llevan a cagarla demasiadas veces.
No puedo evitarlo llega un momento en todas mis
relaciones en la que mi razón y mi sensatez deciden irse de vacaciones y listas
ellas dejan al mando a mis complejos, mis temores y mis malos recuerdos de
otras relaciones. A partir de ahí empiezo a ver como los perros en blanco y
negro, bueno en mi caso en cuernos y señales inequívocas de que me quieren
dejar.
Esta situación me lleva a perder los nervios, a que
salga otro yo paranoico, nervioso, mal pensado y que se agobia hasta así mismo.
Es ahí donde vienen los problemas. Al principio cuando al final se acababa la
relación o las cosas se empezaban a torcer yo me creía que tenía razón, que yo había
visto todo esto venir y que había tratado de adelantarme al final que todos sabíamos.
Pero lo que nunca había pensado es que esa situación la había forzado yo al
hacer de la nada una realidad y de un grano de arena un mundo. Había dejado que
mis inseguridades se apoderaran de mi relación y la habían jodido irremediablemente.
Ahora lo veo y logro casi dominar ese miedo cuando
aparece, logro controlar las acciones que quiere que haga pero no logro aun
controlar las voces que resuenan en mi cabeza y que me dicen que todo va ir mal
y que debo salir de ahí corriendo. Morir matando vamos.
Chicas si de todos los consejos que os he dado tenéis
que quedaros con uno que sea con este. No permitáis que el miedo domine
vuestras vidas, todos llevamos el valor dentro y está deseoso de salir. Seamos
valientes en nuestra vida, luchemos por lo que deseamos y no nos quedemos en un
rincón jamás. La vida esta para vivirla nunca lo olvidéis.

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